Lunes, 19 Octubre 2020 09:05

Reportajes UCO - Seminario Ucopoética: la transformación creativa de los jóvenes poetas

Escrito por G.C./M.J.P.
Momento del seminario formativo para los finalistas de Ucopoética 2020. Momento del seminario formativo para los finalistas de Ucopoética 2020. G.C.

La poesía es valentía. Que me perdonen la rima fácil y no intencionada los cinco jóvenes poetas y su maestro que durante una semana han estado exponiendo su alma en el seminario Ucopoética, pero la conclusión para el observador lego que asiste a una sesión de este taller es esa: hay que ser tremendamente valiente para hacer lo que estos jóvenes están haciendo. Cinco son los seleccionados en la final de Ucopoética 2020, el certamen de poesía joven universitaria de la Universidad de Córdoba y uno de los más consolidados del panorama nacional. No en vano, de los talleres de Ucopoética han salido poetas que han recibido hasta quince premios en los últimos siete años, entre ellos, algunos de gran importancia como tres de los cuatro últimos premios Hiperión, el Premio Emilio Prados, el Premio Gloria Fuertes, el Premio El Ojo Crítico de RNE o el Premio Opera Prima de la Crítica Andaluza.

A los jóvenes poetas de esta VIII edición, el confinamiento les pilló casi haciendo las maletas para venir a pasar cinco días a la sede de UCOCultura y, bajo la certera dirección del poeta y editor Javier Fernández, diseccionar e inspeccionar cada verso, cada palabra, cada coma de los poemas que traían consigo, hasta obtener la mejor versión posible de los mismos, si es que ese estado final de perfección es capaz de conseguirse en el arte. Y este proceso es un camino de deconstrucción y construcción, de “catarsis griega” -en palabras de una de las propias poetas-, de laboriosa indigestión-digestión de emociones. Por eso, el seminario de Ucopoética es un taller para valientes. Después de su paso por el seminario, los cinco finalistas tendrán que volver a presentar una selección de 70 versos a finales de octubre. A principio de noviembre se dará a conocer al ganador, que tendrá la oportunidad de participar en el festival Cosmopoética, y se publicará un libro colectivo con una selección de poemas de todos los finalistas. 

He aquí la crónica de unas horas con estos jóvenes artistas.

Cuando llegamos a la sede de UCOCultura, Lucía Ferre, estudiante almeriense de Derecho, está en pleno proceso de escrutinio de sus poemas. Cada uno de ellos es leído en voz alta varias veces. Sus compañeros escuchan. Algunos toman notas. Otros cierran los ojos para concentrarse y dejar que las palabras penetren. Javier Fernández, el director del seminario, tiene el poema de Lucía en sus manos, lleno de anotaciones. Tacha algunas líneas. Otras están rematadas con un signo de interrogación. Posee un tremendo instinto formando y guiando a poetas durante años. No dicta sentencia, sino que sugiere y ayuda al joven poeta a enfocar, a depurar el lenguaje y que consiga transmitir lo que el poeta quiere. Por eso es tan respetado, porque lo que buscar es exprimir la potencialidad de cada uno.

Lucía termina una tercera lectura de su poema Salvaje y comienza un diálogo entre los participantes. Javier cierra el turno de comentarios. Es tan implacable en su juicio como suave. “Lucía, apuntas, pero no disparas. Sigues dando disparos al aire. En este poema están los mismos errores que en los anteriores”. Lucía replica entre risas: “Javier, eso me ha calado. Me voy a dedicar mejor a vender limones”. El maestro prosigue. “Es un poema que sugiere más que cuenta, pero eres tú la que tienes que saber qué efectos provoca lo que sugieres. Tienes que dominar la transmisión de la tensión”, apunta Javier. “Y repito: precisión en el lenguaje. Ojo con el uso del gerundio. Enfoca y llama a las cosas por su nombre. En vez de “letras”, “rótulo”; “recordar” en vez de “imaginar”. Lucía anota, asiente, duda, resopla y se remueve en su asiento. “Lucía, que el poema se enfoque, que la imagen sea más limpia y que haga que el lector llegue más lejos”. La joven poeta se defiende y le anuncia un verso que no había incluido en la versión final. Javier es contundente: “Eso es una mierda”. Estallan las risas. Lo dice con tanta amabilidad que es imposible tomárselo a mal. 

“Me han puesto a mirarme los piojos”, confiesa Lucía a la hora del café, sacándose esta metáfora del bolsillo para que la periodista la entienda. “Ya llevamos una semana conociéndonos y los siento muy cercanos. Sé que ellos lo hacen con la mejor fe del mundo para que yo mejore. Acepto las críticas así. Muy agradecida. Han sabido señalar lo que falla en mi poesía y realmente los escuchaba y me decía a mí misma: estoy súper agradecida por estar aquí y que alguien me pueda señalar esto que ha pasado desapercibido para mí misma durante tanto tiempo”. 

Y es que Javier se mantiene fiel a su estilo. “Yo se lo aclaro el primer día: esto una cuestión de respeto. Si os digo cosas que os sorprenden es porque no os voy a tratar como si fueseis un proyecto de poetas, sino porque creo ya que sois poetas. Yo os voy a exigir lo que le exigiría a uno consagrado, porque ya habéis pasado una serie de filtros. Por tanto, no os voy a poner el brazo por encima y deciros: muchacho, muchacha, lo vas a hacer bien mañana, cuando crezcas; sino que parto de la idea de que hoy ya lo puedes hacer bien. Y cuanto más te critique, más creo que eres capaz de hacerlo”, explica Javier. Dicen sus alumnos que Javier es muy exigente e inspirador. Así es como se recuerda a los buenos maestros. 

Someterse al análisis de otros poetas provoca una lógica mezcla de emociones. “Tenía la expectativa de que en el taller iba a aprender un montón, pero lo ha superado. Es una experiencia de aprendizaje brutal. Me gusta que cada uno de los que hemos sido seleccionados este año tenemos un estilo distinto y una visión muy diferente de lo que es lo poético, pero, a la vez, nos retroalimentamos. En momentos, claro está, he sentido inseguridad, pero si algo te genera inseguridad es porque estás creciendo, es decir, si durante el taller algo me genera inseguridad es porque han señalado algo que estaba haciendo mal y eso es bueno”, asegura Lucía.

                                       Javier Fernández (de espaldas), frente a los poetas finalistas de Ucopoética 2020.

 

Poesía como herramienta de vida

Llegados a este punto de la conversación, surge la pregunta inevitable: ¿Por qué escribir poesía? “Escribo poesía porque me gusta mucho el juego. Me divierte y es una posibilidad de jugar con el lenguaje y la realidad. Ahora mismo, sin embargo, estoy tirando para otros lugares y escribo poesía para sacar cosas”, reflexiona Lucía. Esta concepción de la poesía como una herramienta de vida no es exclusiva de la joven almeriense.

Laura Rodríguez, estudiante sevillana de Filología Hispánica, y otra de las finalistas de Ucopoética, apunta en esta misma línea. “Escribo poesía porque me permite, más que darme respuestas, preguntarme. Es como una forma de hurgar en lo que no entiendo sobre la realidad en general, incluida yo misma. El hecho de que yo escriba nace también de mi gusto por la literatura porque, cuando uno lee y comienza a analizar los textos, hay una serie de preguntas que piensa que uno también puede resolver, no tanto entendiendo al autor, sino escribiendo. La poesía es para toda la vida. Es como se menciona en El Quijote, que dice que la poesía es una enfermedad pegajosa y es ya para siempre, es algo irremediable”. Compañera de promoción es otra sevillana, Claudia Caño, que curiosamente ha coincidido con Laura en la final de Ucopoética. “La poesía me ayuda a entender cosas que pienso o siento, si trabajo en ellas como un artefacto literario, como un poema, las puedo llegar a comprender mejor”, nos comenta.

Hay quienes, como Enrique Fuenteblanca, estudiante sevillano y único chico seleccionado entre los finalistas de Ucopoética, también sienten esa pulsión a la que Laura hacía referencia. “Hay algo que te lleva a escribir… es algo impositivo, necesario. Supongo que escribo por la necesidad de suplir ciertas carencias comunicativas… Siempre he tenido grandes conflictos entre una parte más racional y elaborada de mi pensamiento, y una parte más visceral y emocional que creo que tiene que ver con el miedo de presentarse al público, ciertos miedos de aceptación”, reflexiona. “Creo que la poesía siempre me ha servido como una herramienta para trabajar esos miedos y, si no superarlos, al menos conocerme un poco mejor”.

La misma referencia al autoconocimiento hace Sara Ruiz, joven poeta de Rota (Cádiz) y estudiante de Filología Hispánica y Lingüística. “Escribo poesía desde niña, desde que aprendí a escribir, y lo hago porque es la forma perfecta de canalizar emociones que, de una forma oral, es complicado transmitir. Es una comunicación con uno mismo, de cosas que a primera vista pueden ser imperceptibles pero que en tu mundo interior tienen mucha relevancia y cierta complejidad. Sí, concibo la poesía como autoconocimiento”.

Considerando, por tanto, la relación tan íntima que estos jóvenes tienen con la poesía, en la que se apoyan para vivir, sentir, conocerse y comunicarse, no es extraño que hablen de su paso por el taller como una “catarsis griega”. Claudia Caño va a ser la siguiente tras la pausa del café. “Sé algunas cosas que Javier me va a señalar, pero lo que me interesa es lo que no sé que me va a decir, los fallos que yo tenga pero que aún no he visto. Algo intuyo, pero lo que no intuyo es lo que me pone más nerviosa”, cuenta.

 

A la perfección a través de la deconstrucción

Claudia ha presentado a la final de Ucopoética una selección de poemas inspirados en la vida del poeta inglés del siglo XVI Thomas Wyatt. Lo conjuga con la figura de las manos como forma de expresión, al estilo de las que pintó el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. Lee el primer poema en voz alta tres veces. Todos escuchan respetuosamente y comienza el turno de comentarios. Laura alaba la progresión del poema, pero dice que es hermético y no logra captar la intención. Sara dice que el final es fantástico y que los adjetivos son muy minuciosos, bien escogidos, aunque no comprende el trasfondo. Enrique suspira. Dice que hay conflicto entre la voz poética y el lenguaje y que el tono le ha supuesto un reto, pero finaliza alabándolo y dice que está “fantásticamente escrito”. Javier recoge ese lazo: “¿Fantásticamente escrito, dices? Estás siendo muy generoso”. 

Claudia se pone en alerta. Se toca nerviosamente las manos, sin darse cuenta. Javier comienza. “Me parece muy interesante utilizar un referente ajeno (la vida del poeta inglés y sus días encerrado en una celda) para narrar ciertas cosas que a ti te puedan interesar. Ahora que está tan de moda la auto representación, la auto ficción, el yo, yo, yo… que tú te vayas a otro sitio e intentes hacer algo desde ahí, me parece muy interesante. La intención está bien y es alabable, pero la ejecución no. No está fantásticamente escrito. Está escrito en un tono muy plano que le resta fuerza y belleza a lo que quieres hacer”, explica. “No tiene vuelo. Esto tiene que emocionar. Tienes que arriesgarte e ir más lejos. Huye de los tópicos. Le falta angustia, desesperación, intensidad. Una cosa que tienes que trabajar es el ritmo. Un ritmo constante te ayudaría a fabricar esa misma respiración de la persona que está encerrada en una celda. Al ser inglés podrías escoger hasta un decasílabo, que es más propio y hacer golpes de cinco y así vas respirando esa angustia…”, continúa.

Ahí termina el consejo formal. Y advierte: “Esto que te voy a decir ahora no te va a gustar porque es justo sobre la intención que has construido y que te voy a descoser en toda la serie. El efecto poético de esta serie es dirigir el poema hacia las manos… Para mí esa imagen es lo peor del poema porque no se lee como una imagen poética sino como una especie de moraleja”, dispara. Javier la exhorta a que no se sirva de la figura de un poeta del siglo XVI para hablar del amor si antes no lo llena de sus propios sentimientos.

Claudia abre mucho los ojos. Se cruje los dedos. Asiente. Toma nota. Respira hondo. Acabamos de presenciar el inicio de la “catarsis griega”.

                                       En primer plano, Claudia Caño escucha los comentarios de Javier, ante la atenta mirada de Lucía Ferre.

 

El taller como toma de conciencia

Sara lo explica con la perspectiva de quien ya ha pasado por el mismo trance hace días. “Es un proceso de destrucción para luego reconstruirte y mejorar, pero primero tienes que digerir todo lo que escuchas porque, quieras o no, lo que tú presentas a Ucopoética es lo mejor que has escrito y, luego te das cuenta de que tienes fallos, de que hay cosas que no están precisas, que tienes vicios que hay que suprimir… Entonces, te planteas por un segundo, ¿pero a mí se me da bien escribir? Lo que pasa es que, claro, una vez haces la digestión de todas estas críticas que son todas muy constructivas y muy necesarias, es entonces, cuando ya lo has asumido y reflexionado, que puedes empezar a volver a trabajar sobre tu poesía para intentar impulsarla al máximo al que puede llegar. Cuando Javier nos hace una crítica es porque sabe que tenemos un potencial muy alto y lo que quiere es que lo explotemos”. Laura lo reafirma, pues ella fue la primera de las finalistas en vivir el proceso de revisión de sus poemas. “Al principio hay una desubicación, porque todo lo que has construido cae. Bueno, todo no, porque partes de una concepción poética propia, pero como esa concepción se revela a través de una forma y esa forma hay que rehacerla, pues te sientes algo desubicada. Luego empiezas a darte cuenta de que eso sirve para que seas mejor”, explica. “Ese mismo día, por la tarde, estuve reelaborando mis poemas con las aportaciones de mis compañeros y Javier, y te das cuenta de que funcionan mucho mejor los textos”, afirma satisfecha.

El propio Javier Fernández lo aclara. “Al final lo que les pasa es que toman conciencia de los que están haciendo y de lo que pueden llegar a hacer, porque en el taller se reflexiona mucho sobre la poesía de cada uno de ellos. Entonces, de repente, dicen: Ah, ¿pero esto lo puedo yo hacer? ¡Claro que puedes! Piensa qué es lo que estás haciendo y a dónde quieres llegar y si esta es la mejor forma de hacerlo. Por eso, muchos de ellos cambian su forma de entender la poesía. Algunos siguen haciendo lo mismo, porque cada cual es libre. Al final del taller siempre les digo: espero que esto os haya servido y, si al final, dentro de un mes, me dices: mira, no, Javier, que no estoy de acuerdo contigo y voy a seguir haciendo lo que estaba haciendo antes, les digo: al menos ahora lo estáis haciendo por convicción y es más auténtico que hacerlo sin saber por qué”. Así lo sienten los alumnos poetas. 

“Estar aquí, en este taller, y que se esté hablando de una forma tan profesional de la literatura que creamos, impacta. Los compañeros realmente quieren que mejores, y por eso van a ser muy honestos”, comenta Laura. “Es duro en un primer momento, pero como el discurso que se establece en la clase es muy coherente y ves perfectamente en qué te estás equivocando, también relaja, porque sabes que tienes proyección. Me he sentido muy agradecida porque en todo momento me he sentido valorada por parte de los compañeros y del profesor, saben cuál es tu intención, alaban tus ideas y tus aciertos”. Y ahonda en algo más. “Javier crea escuela. Veo cómo la gente que ha pasado por Ucopoética tiene muy buenos resultados y ahora lo entiendo estando aquí. Es una persona que quiere lo mejor para sus alumnos. No intenta imponer su estilo, sino que quiere comprender cuál es tu proyecto y quiere darte las herramientas para que tú vayas en esa línea, pero haciéndolo bien”.

Javier lo comenta. “Yo no me enfrento con ellos, me enfrento con su poesía e intento que ellos entiendan que no es nada personal. Yo uso un lenguaje que es como una terapia de shock, porque si se lo dices de otra forma no lo entienden, pero así no se les olvida”, ríe. Enrique, que será el último en recibir los comentarios de sus compañeros de Javier, nos cuenta sus expectativas. “De este taller espero que me ayuden mucho, que me machaquen”, dice entre risas. “Lo necesito. Yo vengo de otras disciplinas, yo no tengo una formación poética tan fuerte como tienen mis compañeras, que vienen de la rama de Filología. Para mí la poesía es un conflicto siempre. El taller es muy nutritivo, se aprende mucho. Es imposible no verse reflejado en los fallos de los demás. El taller es intensísimo. Estás todo el día dándole vueltas y en cuanto llegas a casa te pones a escribir. Eso es un buen síntoma”.

                                                     Javier Fernández, comentando los textos de los jóvenes poetas.

 

 

                                                       Enrique Fuenteblanca escucha atentamente las correcciones y comentarios de Javier.

 

Poetas con ambición estética

Los cinco jóvenes poetas han vivido una experiencia cuya intensidad es difícil de transmitir si no se ha vivido en primera persona. Han creado, además, unos vínculos personales importantes. “Los he visto muy implicados a los cinco. Veo que todos van a seguir vinculados a la poesía y que van a tener gran recorrido”, afirma Javier Fernández. “Son todos poetas de verdad, en el sentido de que no hay ninguno que sea escritor casual, son de raza. Eso se nota en el taller, porque hablamos mucho de su concepción de la poesía. Yo les hago definir qué están haciendo y qué quieren hacer. La idea es siempre que tomen conciencia de lo que quieren hacer, ahí ves claramente cuándo uno es poeta y cuándo no, porque la ambición estética también forma parte del artista”. 

Así lo siente Sara. “Somos todos muy distintos y, a la vez, muy complementarios. La calidad humana del grupo es brutal, no solo la artística. En general, el taller es una experiencia bestial. Es una transformación tan intensa porque es muy corta. Son demasiadas verdades todas de repente. Te quedas con mucho trabajo por delante. Haces mucho aquí, pero el mayor trabajo es el que te queda por delante con las herramientas que te han dado”, explica.

Quizás, quien mejor sabe resumirlo es Enrique. “La evolución ha sido muy notable y la experiencia muy intensa. Creo que todos vamos a salir de aquí con una gran pregunta, una gran duda y una gran crisis. Y creo que de la resolución saldrán cosas bonitas”.

 

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